viernes, 4 de junio de 2010

*EL MATRIMONIO CRISTIANO*


PÍO XII, Mediator Dei, 20. XI. 1947, enseña que la Iglesia, sociedad visible y sobrenatural (Christus totus o Cuerpo Místico de Cristo) es pontífice entre Dios y el hombre acá abajo, igual que Cristo lo es en el cielo.

Editó: Lic. Gabriel Pautasso

Hijos míos, quiero… que establezcáis toda aquella vida cristiana pública de vuestros abuelos, que os quieren arrebatar los volterianos, masones y liberales.

S. EZEQUIEL MORENO y Díaz, obispo

No parece a primera vista razonable que una institución tan natural al hombre como el matrimonio, en el cual encuentran su cauce las más poderosas tendencias de la vida, hasta sido tantas veces atacada, al correr de la Historia, y necesite estar continuamente defendida. La Iglesia, que tiene por misión particular el cultivo de los valores de la otra vida es, sin embargo, la gran defensora del matrimonia del matrimonio, y sus esfuerzos perseverantes hace muchos siglos que se hubiese hundido ante los ataques de sus enemigos.
Porque grandes enemigos ha tenido y continúa teniendo esta santa institución de Dios, ya que si el matrimonio no exige tanta virtud como la virginidad, pide aun sacrificios y frenos que los hombres desenfrenados no quieren tolerar. Por eso se da el caso curioso de que tan enemigos son del matrimonio cristiano quienes pretenden una libertad sin trabas para sus pasiones, como los representantes de un rigorismo exagerado, que a la larga, termina también en relajación y desenfreno.  
SAN AGUSTÍN conoció las dos clases de enemigos y su pluma hubo de tocar muchas veces el tema del matrimonio, dedicándole un libro especial y tratándole en mil otras ocasiones.  
El matrimonio es la unión del hombre y de la mujer, con el fin de la procreación de los hijos, bendecida por Dios, consagrada con un sacramento, y preparada con la atracción mutua que los esposos se tienen, para que el vínculo de la unión estuviese suavizado por el amor, y los sacrificios de su misión fuesen aliviados con el mutuo cariño: “La primera alianza natural, dice SAN AGUSTÍN, de la sociedad humana nos la dan, pues, el hombre y la mujer enmaridados. A LOS CUALES LOS CRIÓ DIOS POR SEPARADO, UNIÉNDOLES LUEGO NO COMO SI FUERAN ALINÍGENAS, SINO QUE A LA HEMBRA CREÓLA DEL VARÓN, REPONIENDO ASÍ LA SIGNIFICACIÓN Y LA VIRTUD UNITIVA DEL COSTADO, DE DONDE LA MUJER FUE EXTRAIDA Y FORMADA.  
Y por el costado es, efectivamente, por donde se unen y aprietan los que caminan con pie unánime y unánimemente ven por donde caminan.
Los hijos vienen en seguida a consolidar la eficacia de esta sociedad vincular como el único fruto honesto, resultante no sólo de la mera unión del hombre y la mujer, sino del comercio y trato conyugal de los mismos, ya que podría darse otro tipo de unión, amistosa y fraterna entre ellos, sin ese comercio matrimonial, en la que el hombre llevará la razón del mando y la mujer la razón de la obediencia”. (De Bono Conjugum, L. I, cap. I).
La referencia inmediata  a Dios, a lo sobrenatural y eterno es indispensable, si queremos entender bien el matrimonio. Cuando lo miramos así, todos sus deberes se explican, todas las normas que lo rigen se comprenden. Pero si prescindimos de Dios, mirándolo solamente en el plano de lo humano, todo el edificio se tambalea, porque el punto de apoyo viene a ser el egoísmo, que no entiende el por qué de muchos sacrificios, de muchos de sus deberes. Pero, ¿hemos de extrañarnos de necesitar a Dios para explicar la estructura espiritual del matrimonio, cuando le vemos indispensable para comprender la maravilla de la procreación? A fuerza de verlo todos los días, no paramos en el prodigio, mejor diré, en el conjunto de prodigios que se realizan en un hijo. Es esta una reflexión que no suele hacerse hasta que se tiene uno propio. ¡Cuántos padres empiezan a descubrir misterios y a llenarse de admiración, cuando ven la gestación primero, el crecimiento después, el progresivo desarrollo físico e intelectual de su hijo? Ya no se trata de admirar solamente la maravilla biológica, de ver cómo de la unión carnal de dos diminutas células va surgiendo la arquitectura perfecta del cuerpo humano, sin que la naturaleza se equivoque, sin que nadie lo dirija desde afuera, hasta hacerle completo, con todos sus órganos diminutos y complicados, sino sobre todo el milagro del alma, de contemplar que aquel pequeño ser comienza a comprender, a tener una vida propia, un pensamiento suyo, que es una persona, un ser inteligente con una voluntad y unos anhelos. Sin Dios, todo esto no tiene explicación. Sin una inteligencia soberana directora de la naturaleza a la que da leyes y propiedades sapientísimas, sin una fuerza omnipotente, creadora de aquella alma, y pudo esto carecería de sentido. Pues si Dios es indispensable para explicar el fruto del matrimonio, ¿por qué ha de extrañarnos que necesitamos recurrir a Dios de Él la comprensión del matrimonio mismo, quien haya dado las leyes por las ha de regirse para que resulte bien y garantice los fines para los fue instituido? ¿Quiénes somos nosotros para intentar enmendar la plana al Creador?
Tendríamos por loco, y ninguna madre se prestaría a ello, si un cirujano, por hábil que fuese, pretendiese penetrar artificialmente en el vientre de la madre, para organizar la formación del feto, seguros de que sólo conseguiría matarlo, ¿y pretenderemos modificar el mecanismo moral establecido por Dios en el matrimonio, mucho más complejo y delicado que el biológico, a pesar de serlo éste tanto? Sabiendo además que JESUCRISTO quiso sellar de manera expresa este derecho y ordenación de Dios, cunado dijo: “Lo que DIOS unió, no lo separe eñ hombre” (MATTH. 19, 6). El matrimonio es obra de Dios, especialmente establecida y ordenada por DIOS, y nadie tiene derecho a alterar sus leyes. Por eso la IGLESIA se mantiene inflexible, defendiendo hace siglos la unidad, la indisolubilidad, la santidad del matrimonio cristiano. Cuantos argumentos presenta la maldad o la flaqueza humana, basados casi siempre en motivos sentimientos, en egoísmos y afán de sacudirse el yugo aceptado voluntariamente, pero con compromiso durante toda la vida, no serán nunca verdaderas razones, frente a la sabiduría y la voluntad expresa de Dios. Lo que Él unió, jamás el hombre lo podrá separar. Para los fieles y buenos casados esto encierra el mayor de  los consuelos. Su unión no es caprichosa, no es un mero contrato humano, no está sujeta a la variabilidad de las pasiones y a la fragilidad de las promesas que el viento lleva, sino que reposa en un compromiso hecho delante de Dios, bendecido por Dios, defendido por Dios. A pesar de no constituir el estado más perfecto, ¿no es cierto que esta consideración sirve para pensar que todo en el matrimonio puede ser santificado, que puede lograrse una perfección del estado y una vida santa, si todos sus deberes y sus actos se realizan mirando a Dios, tratando de cumplir lo que Él quiso como fin de esa unión?  
SAN AGUSTÍN DE HIPONA ha dejado de forma definitiva establecidos los tres grandes valores del matrimonio cristiano: FIDES, PROLES, SACRAMENTUM. El texto es clásico: “El bien del matrimonio descansa en la triple base de la fidelidad, de la prole y del sacramento. La fidelidad impone que los esposos mantengan incólume la fe prometida y que no se rompa el vínculo conyugal, prevaricando con otro o con otra. La prole exige que se la reciba con espíritu de amor, se la críe y sustente con diligencia y bondad y se la eduque religiosamente. El sacramento pide que los esposos no se separen jamás y que, en caso de separación, ni el uno ni el otro se vinculen de nuevo ni aun con el fin único de tener descendencia. Estos tres puntos constituyen la norma del matrimonio, en el cual se dignifica la fecundidad de la naturaleza  y se refrena la depravación de la incontinencia”. (DE GENESIS. Ad lit., IX, 7, 12).
Estas tres notas esenciales del matrimonio no son las que habitualmente suelen tratarse hoy, si bien continúan siendo los tres supremos valores. Hoy se habla más frecuentemente del mismo como unión espiritual de los casados, como medio de satisfacer lícitamente la concupiscencia, y los hijos se suelen presentar muchas veces como “problema”. Y aun para muchos, la cuestión primera del matrimonio a esta significación, considerando las otras cosas como carga pesada. SAN AGUSTÍN trata muy bien esta punto: “Hay que adscribir aún una excelencia y un honor nuevos al matrimonio, y es que la incontinencia carnal de la juventud ardorosa, por inmoderada que sea, tórnase honesta cuando se endereza a la propagación lícita de la prole, y de ahí resulta que el matrimonio, del desorden de la libídine, sabe extraer su parte de fecundidad para el bien.
Añádese a esto que la concupiscencia de la carne reprímese y se ordena a la unión conyugal y, si cabe hablar así, crepita y se abrasa más verecundamente que los ardores de la voluptuosidad quedan atemperadas por no sé qué mesura y gravedad cuando el hombre y la mujer se percatan sabiamente de que por la unión conyugal se han de convertir en padre y madre” (De Bono Conjugun, L. III, cap. 3).
“Está obligados, según esto, los esposos a cumplir fielmente los deberes de la unión conyugal con recíproca donación en cuanto a la carne, no sólo con el fin primario de criar hijos, que en este mundo visible y perecedero es la razón primera y el vínculo más fuerte que une a la sociedad del género humano, sino también para evitar contraer, a espaldas de esta unión sagrada, cualesquiera otros vínculos concubinarios e ilícitos, y por ello a soportar las flaquezas de la carne…El deber, pues, por el que los esposos hacen mutua entrega de sí mismos con el fin de engendrar hijos está totalmente exento de toda culpa. Si se hace uso, con el débito matrimonial, sólo con el fin de satisfacer la concupiscencia, presupuesto que sea entre marido y mujer y por conservar la fe conyugal, la culpa no excedería de venial. El adulterio, en cambio y la fornicación constituyen pecado mortal” (De Bono Conjugum, L. VI, cap. 6).
No cabe doctrina ni más clara ni más sublime. Cuando se guardan esos fines en la jerarquía establecida por Dios, todo se hace santo, pero cuando son desordenados por la pasión, entra el pecado, más o menos grave, según, según sea la gravedad del desorden. Dios ha concedido la satisfacción sexual como un  medio para estimular la procreación, que lícitamente no puede gozarse separada de dicho fin.
Es, por consiguiente, una manifestación del espíritu materialista y sensual que por todas partes nos envuelve, esa suprema a los aspectos puramente carnales del matrimonio, exigiendo su plena satisfacción como “un derecho”, como una imprescindible necesidad vital, sin la cual la vida del hombre no puede lograrse con plenitud.
Es evidente que, cuando se coloca el plano carnal como el fin más importante de la vida, toda filosofía de ésta, todo el concepto del matrimonio sufre un cambio grande en comparación a como se ven las mismas cosas cuando se ponen otros fines como primordiales, los hijos, por ejemplo. Ahora bien: ¿quién tiene la culpa de que el matrimonio torcidamente concebido surjan graves problemas, profundas preocupaciones, situaciones difíciles? ¿Culparemos a Dios o a su Iglesia, por mantener la doctrina tradicional, o será más bien la malicia y la perversidad de los hombres la responsable de los desordenes? Modifíquese ésta, vuelvan a imperar en los individuos y en las sociedades los brillantes principios católicos, vuelvan a verse la vida como lo es, como un servicio de Dios, como un camino para la eternidad, como una misión encomendada por el Creador, y se verán desaparecer muchos problemas, se verán de nuevo abiertos los horizontes de la confianza en la Providencia y serán saneadas muchas cosas, que hoy andan turbias por la invasión de la incontinencia. Bueno es el matrimonio, santa sociedad, hecha para descanso del hombre, propagación de la especie, y premio en los hijos del sacrificio de los padres, pero si se le quiere convertir en medio de satisfacciones carnales, si en lugar de mirársele como servicio, se le exige sólo que produzca placeres, si se quiere ignorar su fin primario, y se busca lo que es solamente secundario, no se extrañe nadie de que de él salgan muchas espinas, porque en ello se cumple aquella admirable ley de la providencia divina, bellísimamente formulada por SAN AGUSTÍN:
“¡OH, QUÉ SECRETO ERES, VIVIENDO EN LOS CIELOS EN SILENCIO, DIOS SOLO GRANDE, ESPARCIENDO CON LEY INFATIGABLE PENOSAS CEGUEDADES SOBRE LAS ILÍCITAS CONCUPISCENCIAS!” (Confesiones, L. I, 19,29).  

*CÉSAR VACA, O.S.A. *
In El Amor y el Matrimonio, Madrid, 1954.

“Los esposos, recibiendo con buen ánimo y gratitud, de la mano de DIOS, los hijos, los considerarán como un tesoro que DIOS les ha encomendado, no para que lo empleen exclusivamente en utilidad propia o de la sociedad humana, sino para que lo restituyan al Señor, CON PROVECHO, EN EL DÍA DE LA CUENTA FINAL.”.

PÍO XII, Casti connubi

*EDITÓ: gabrielspppautasso@yahoo.com.ar DIARIO PAMPERO Cordubensis. INSTITUTO EMERITA URBANUS, Córdoba de la Nueva Andalucía, a 24 de mayo del Año del Señor de 2010, En vísperas del Muy feliz día de la Patria, SOPLA EL PAMPERO. ¡VIVA LA PATRIA! ¡LAUS DEO TRINITARIO! ¡VIVA HISPANOAMÉRICA! Gratias agamus Domino Deo nostro! gspp. *


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