lunes, 15 de junio de 2009

Fiesta del Santísimo Cuerpo de Cristo - Corpus Christi

Evolución y Ascensión. La Iglesia ante la evolución.
“Comiendo las víctimas, se participa del sacrificio” (“La celebración de la misa tiene el mismo valor que la muerte de JESUCRISTO”, dice SAN JUAN CRISÓSTOMO), y así, la Eucaristía fue instituida en forma de alimentación (Alel.), a fin de que pudiésemos comulgar de la Víctima del Calvario.


El ESPÍRITU SANTO después del dogma de la Trinidad nos recuerda el de la Encarnación, haciéndonos festejar con la Iglesia al Sacramento por excelencia, que, sintetizando la vida toda del Salvador, tributa a Dios gloria infinita, y aplica a las almas, en todos los tiempos, los frutos pingües de la Redención (Or.). Si JESUCRISTO en la cruz nos salvó, al instituir la Eucaristía la víspera de su muerte, quiso en ella dejarnos un vivo recuerdo de su Pasión. (Or.). El altar viene siendo como la prolongación del Calvario, y la Misa anuncia la muerte del Señor. (EP.). Porque en efecto, allí está JESÚS como una de sus víctima, pues las palabras de la doble consagración nos dicen que primero se convierte el pan en Cuerpo de Cristo, y luego el vino en su Sangre, de manera que, bajo las Sagradas Especies, JESÚS mismo ofrece a su Padre, en unión con sus sacerdotes, la sangre vertida y el cuerpo clavado en la Cruz.
“Comiendo las víctimas, se participa del sacrificio” (“La celebración de la misa tiene el mismo valor que la muerte de JESUCRISTO”, dice SAN JUAN CRISÓSTOMO), y así, la Eucaristía fue instituida en forma de alimentación (Alel.), a fin de que pudiésemos comulgar de la Víctima del Calvario. La Hostia santa se convierte en “trigo que nutre nuestras almas”. (Intr.). Como Cristo al ser hecho hombre Hijo de Dios recibió la vida eterna del Padre, así también los cristianos participan de su eterna vida (Ev.) uniéndose a JESÚS en el Sacramento, que es símbolo de la unidad (Secr.).
Esta posesión anticipada de la vida acá en la tierra por la EUCARISTÍA es prenda y comienzo de aquella otra de que plenamente disfrutaremos en el cielo (Posc.), porque “EL PAN MISMO DE LOS ÁNGELES, QUE AHORA COMEMOS BAJO LOS SAGRADOS VELOS, LO COMEREMOS DESPUÉS EN EL CIELO SIN VELOS (Conc. Trid.).
Veamos en la misa el centro de todo el culto de la Iglesia a la EUCARISTÍA, y en la Comunión el medio establecido por JESÚS, para que con mayor plenitud participemos de ese divino Sacrificio; y así, nuestra devoción al Cuerpo y Sangre del SALVADOR NOS ALCANZARÁ LOS FRUTOS PERENNES DE SU REDENCIÓN (Or.).

*1) El siguiente suceso tuvo lugar el 31 de enero de 1906, en el pueblo de Tumaco, perteneciente a la República sudamericana de Colombia, y situado en una pequeña isla a la parte occidental de aquella República, bañada por el océano Pacífico. Se hallaba allí de cura-misionero, en dicho tiempo, el Reverendo Padre FRAY GERARDO LARRONDO de SAN JOSÉ, teniendo como auxiliar en la cura de almas al Padre FRAY JULIÁN MORENO DE SAN NICOLÁS, ambos recoletos.
Eran próximamente las diez de la mañana, cuando comenzó a sentirse un espantoso temblor de tierra, siendo éste de tanta duración que, según cree el Padre LLARONDO, no debió bajar de diez minutos, y tan intenso, que dio con todas las imagines de la iglesia en tierra. De más está decir el pánico que se apoderó de aquel pueblo, el cual todo en tropel se agolpó en la iglesia y alrededores, llorando y suplicando a los padres organizasen inmediatamente una procesión y fueran conducidos en ellas las imagines, que en un momento fueron colocadas por la gente en sus respectivas andas.
Les pareció a los padres más prudente animar y consolar a sus feligreses, asegurándoles que no había motivo para tan horrible espanto como el que se había apoderado de todos, y en esto se ocupaban los dos fervorosos ministros del Señor cerca de la iglesia, cuando advirtieron que, como efecto de aquella continua conmoción de la tierra, iba el mar alejándose de la playa y dejando en seco quizá hasta kilómetro y medio de terreno de lo que antes cubrían las aguas, las cuales iban a la vez acumulándose mar adentro, formando como una montaña que, al descender de nivel, había de convertirse en formidable ola, quedando probablemente sepultado bajo ella o siendo tal vez barrido por completo de Tumaco, cuyo suelo se halla precisamente a más bajo nivel que el mar.

Aterrado entonces el Padre LARRONDO, se lanzó precipitadamente hacia la iglesia, y, llegándose al altar, sumió a toda prisa las Formas del Sagrado copón, reservándose solamente la HOSTIA grande, y, acto seguido, vuelto hacia el pueblo, llevando el copón en una mano y en otra a JESUCRISTO SACRAMENTADO, exclamó: Vamos, hijos míos, vamos todos hacia y que Dios se apiade nosotros. Como electrizados a la presencia de JESÚS, y ante la imponente actitud de su ministro, marcharon todos llorando y clamando a Su Divina Majestad tuviera misericordia.

El cuadro debió ser ciertamente de lo más tierno y conmovedor que puede pensarse, por ser Tumaco una población de muchos miles de habitantes, todos los cuales se hallaban allí, con todo el terror de una muerte trágica grabado ya de antemano en sus facciones. Acompañaban también al divino Salvador las imágines de la iglesia traídas a hombros, sin que los Padres lo hubieran dispuesto, sólo por irresistible impulso de la fe y la confianza de aquel pueblo fervorosamente cristiano.
Poco tiempo había pasado, cuando ya el Padre LARRONDO se hallaba en la playa, y aquella montaña formada a moverse hacia el continente, y las aguas avanzaban como impetuoso aluvión, sin poder alguno de la tierra fuera capaz de contrarrestar aquella arrolladora ola (tsunami), que en un instante amenazaba destruir el pueblo de Tumaco.

No se intimidó, sin embargo, el fervoroso recoleto; antes bien, descendió intrépido a la arena y, colocándose dentro de la jurisdicción ordinaria de las aguas, en el instante mismo en que la ola estaba ya llegando y crecía hasta el último límite el terror y la ansiedad de la muchedumbre, levantó con mano firme y con el corazón lleno de fe la Sagrada Hostia a la vista de todos, y trazó con ella en el espacio de la señal de la cruz. ¡Momento solemne! ¡Espectáculo horriblemente sublime! La ola avanza un paso más y, sin tocar el sagrado copón que permanece elevado, viene a estrellarse contra de JESUCRISTO, alcanzándole el agua solamente hasta la cintura. Apenas se ha dado cuenta el Padre LARRONDO de lo que acababa de sucederle, cuando oye primariamente al Padre JULIÁN, que se hallaba a su lado, y luego a todo el pueblo en masa, que exclamaban como enloquecidos por la emoción: ¡Milagro! ¡Milagro!
En efecto: como impelida por invisible poder superior a todo poder de la naturaleza, aquella ola se había contenido instantáneamente, y la enorme montaña de agua, que amenazaba borrar de la faz de la tierra el pueblo Temuco, iniciaba su movimiento de retroceso para desaparecer, mar adentro, volviendo a recobrar su ordinario nivel y natural equilibrio.

Ya comprende el lector cuánta debió ser la alegría y la santa algazara de aquel pueblo, a quien JESÚS Sacramentado acaba de librar de una inevitable y horrorosa hecatombe.

A las lágrimas de terror se sucedieron las lágrimas del más íntimo alborozo; a los gritos de angustia y desaliento siguieron los gritos de agradecimiento y de alabanza, y por todas partes y de todos los pechos brotaban estentóreos vivas a JESÚS SACRAMENTADO.
Mando entonces el Padre LARRONDO fuesen a traer de la iglesia la Custodia, y, colocando en ella la Sagrada Hostia, se organizó, acto seguido, una solemn´sima procesión, que fue recorriendo calles y alrededores del pueblo, hasta ingresar SU DIVINA MAJESTAD con toda pompa y esplendor en su santo templo, de donde tan pobre y precipitadamente había salido momentos antes.
Como el dicho estremecimiento no tuvo lugar no sólo en Temuco, sino en gran parte de la costa del Océano Pacífico, por los grandes daños y trastornos que aquella ola, rechazada en Temuco, causó en otros puntos de la costa harto menos expuestos que éste a ser destruidos por el mar, se puede calcular la importancia del beneficio que JESÚS dispensó a aquel cristiano pueblo, el cual, por estar, como hemos dicho, a nivel más bajo que el del mar, probablemente hubiera desaparecido con todos sus habitantes. He aquí lo que en carta que tenemos a la vista nos dice hablando de esto el misionero Reverendo Padre Fray BERNARDINO GARCÍA DE LA CONCEPCIÓN, que por entonces se hallaba en la ciudad de Panamá: “En Panamá estaba en la mayor bajamar, y de repente (lo ví yo) vino la pleamar y sobrepasó el puerto, entrando en el mercado y llevándose toda clase de cajas: las embarcaciones menores que estaban en seco fueron lanzadas a grande distancia, habiendo habido muchas desgracias.

El suceso de Temuco tuvo grandísima resonancia en el mundo, y de varias naciones de Europa escribieron al Padre LARRONDO, suplicándole una relación de lo acontecimiento.

(Extraído de PRODIGIOS EUCARÍSTICOS, Fray ANTONIO CORREDOR GARCÍA, O.F.M). franciscano.


*2) LA IGLESIA ANTE LA EVOLUCIÓN. EVOLUCIÓN y ASCENSIÓN.

La profunda pena que hoy conmueve a toda la Humanidad creyente – y estaría or decir incluso a la no creyente – por la irreparable desaparición de este gran Pontífice, sabio y santo, que fue PÍO XII, nos invita a sentarnos por un momento en el borde del camino que le llevado al sepulcro para considerar, al amparo de la gran luz que supo irradiar por todo el orbe, la trascendencia de este momento crucial de la Humanidad, acongojada bajo el peso de tantas angustias.

El tema que aquí se explicita nos acucia por ser realmente trascendental. La evolución orgánica no es sólo una especulación científica que interese a unos pocos hombres y que quede circunstancia a la sola esfera particular de la Ciencia, como si el tema estuviera desgajado de nuestra propia esencia y existencia. Por el contrario, sólo nos será posible adquirir el concepto equilibrado de nuestra significación humana con una adecuación a la modernidad de los avances científicos.
La Ciencia, desde luego, no puede llegar por sí sola a la misma entraña de nuestra última razón de ser; como producto que es de la propia mentalidad humana, estará siempre teñida de un antropocentrismo que nos pueda hacer caer insensiblemente en el error; pero este error; pero este error va corrigiéndose poco a poco. Existe la cara transnacional en la fenomenología de los hechos, algo que escapa a la pura razón objetiva y fría, y éste es el motivo por el cual la Iglesia se mueve con tanta cautela y con tanta prudencia, ambas perfectamente comprensibles para el científico desapasionado y justo.
Sin embargo, la controversia actual acerca del origen animal o sobrenatural del cuerpo humano parece remedar, para el científico evolucionista, una situación existente hace más de un siglo, cuando se discutía en exégesis la significación real o simbólica del número y duración de los días genesíacos. Recordemos a este respecto las normas dictadas ya en 1893 por el Papa entonces, LEÓN XIII, en su Encíclica Providentissimus Deus, acerca de la interpretación de los Libros Santos; y téngase en cuenta que, a pesar de la polvareda polémica levantada por ciertos indeformables contra las cifras que nos proporcionaron los métodos geocronológicos de medición de la edad de la Tierra, hoy perfectamente comprobados y aceptados, nuestro llorado PÍO XII, en su discurso de 1951 a la Academia Pontificia de Ciencias, decía textualmente: “…así también ha señalado su principio (del Cosmos) en un tiempo cinco mil millones de años, confirmando, con la exactitud de las pruebas físicas, la contingencia del universo y la fundada deducción de que el Cosmos haya salido de las manos del Creador alrededor de aquella época”.
La lenta y progresiva inducción científica acerca de la emergencia física del hombre a partir de la esfera inferior de la animalidad hace revisar la idea – que el científico le parece hoy absolutamente absurda – de haber utlizado Dios de manera propia el “barro de la tierra” para crear al cuerpo humano. Esa misma manera de ser explicada, en las Sagradas Escrituras, la creación del hombre, debería ser para todo el mundo suficientemente reveladora. En los Libros Santos no se nos dice que Dios creó al hombre de la nada, sino a partir de “algo material”.
La apasionada lucha que en el pasado siglo se enconó entre evolucionistas y fijistas, ha perdido hoy ya todo su virulencia e incluso su significación para los defensores de ambas posiciones. Es cierto que fueron principalmente los materialistas quienes levantaron la bandera del evolucionismo con fines ferozmente las voces de los fieles católicos. DARWIN, por ejemplo – y esto es sumamente importante saberlo en estos precisos momentos – sostenía en EL ORIGEN DE LAS ESPECIES que la vida se desarrolló a partir de una o algunas pocas formas inferiores creadas por Dios. Además, como testimonio de la seguridad de la creencia de DARWIN, cito textualmente de El Origen del hombre: …saber si existe un Creador, cuestión esta que las más privilegiadas inteligencias han resuelto (subrayo) afirmativamente”. DARWIN, que fue uno de los mayores genios científicos de la Humanidad, que alguien ha comparado a ISAAC NEWTON, dejó de lado la pasión y expuso de manera diáfana su Teoría de la Evolución, estableciendo categóricamente que el Transformismo es un hecho. Su punto de vista acerca del mecanismo de la Evolución podrá ser y es discutido, por más que admitido como teoría de trabajo, por lo menos en parte.
A PARTIR de los inicios del presente siglo (s. XX: AÑO 1900), la serenidad y la ecuanimidad han presidido la discusión científica y se ha establecido, con toda lógica, que no se trata de hacer ni decir a la Ciencia lo que interese, sino de oír, con el pensamiento libre de prejuicios y lealmente, sus grandes dictados a la luz de la razón, a pesar de que, insistimos, no todo sea demostrable ni, como el propio PÍO XII decía en su radiomensaje de Navidad de 1944, “no todo puede explicarse por el solo juego de un determinismo rígido y de las leyes naturales de la materia”.
Desde el punto de vista puramente material de los hechos biológicos, sin embargo, casi todos los naturalistas aceptan hoy el evolucionismo absoluto, es decir, aquel que admite, incluso para el cuerpo humano, la sumisión a esta ley vital radicada en el tiempo y fundada en las causas segundas.
Ya en 1890, el gran naturalista católico GEORGES MIVART decía: “Mi GENESIS de las especies” se publicó en 1870. En aquel libro yo no vacilaba en afirmar la idea de que el cuerpo de ADÁN habría podido derivarse de un de un animal distinto del hombre, al cual se hubiera subsiguientemente infundido un alma inmortal. Se levantaron voces airadas contra esa idea, pero envié entonces mi libro al Soberano Pontífice, y PÍO IX me concedió benévolamente el birrete de Doctor, que el llorado Cardenal-Arzobispado de Westminster me entregó en una ceremonia pública”.
Con el “imprimatur” correspondiente, el gran canónigo belga HENRI DE DORDOLOT, doctor en teología y profesor en la Universidad católica de Lovaina, defendió su tesis de la Evolución totalitaria en su famoso Le darwinisme ay point de vue de la l´orthodoxie catholique, de 1921, en la que valientemente sostenía ya que SAN AGUSTÍN afirmaba el concepto de la Evolución en aquellas épocas que algunos han osado llamar peyorativamente “oscurantistas”. El Conde MAX BEGOUËN, un gran teólogo, profesor de la Universidad de Toulouse, publicó en 1945 un libro titulado Quelques souvenir sur le mouvement des idées transformistas Dans les milieux catholiques, con el expreso “Nihil Obstad” del Rvdo. JOSÉ HUYBY, S. J., y en él se muestra partidario de los mismos puntos de vista.
Por lo demás, en una reciente reunión, a la que asistió el autor de las presentes líneas, -(MIGUEL CRUSAFONT PAIRÓ, en su libro “Evolución y Ascensión”, cuadernos Taurus, Ediciones Taurus, Madrid, 1960, 122 páginas, nº 29)-, el Rvdo. P. D´ARMAGNAC, S. J., hacía notas las ideas evolucionistas de SANTO TOMÁS DE AQUINO en su Summa contra gentiles, Lib. III, cap. 22, a pesar de que entonces no se tenía la perspectiva temporal suministrada hoy con tantos datos por la Paleontología.
A mayor abundamiento, PÍO XII insiste en su Encíclica Divino afflante spiritu, de 1943, en la necesidad del uso racional e inspirado de la exégesis bíblica, en la que no sólo debe atenderse a los dictados literarios o lingüísticos, sino que debe utilizar las “disciplinas auxiliares” y las “excavaciones y exploraciones”, de las cuales “el método severo y el arte perfeccionado por la experiencia nos proporcionan resultados más numerosos y más ciertos”. En la misma Encíclica se dice textualmente que “quedan muchos puntos, y algunos muy importantes (subrayamos nosotros), en la discusión y explicación de los cuales la penetración la penetración y el talento de los exégetas católicos pueden y deben tener libre curso”…
Sin embargo, si los científicos tienen una convicción absoluta, o casi, acerca del hecho evolutivo (véase, por ejemplo, el libro del Rvdo. P. F. M. BERGOUNIOUX La Préhistoire et ses problèmes, publicado ese mismo año con el necesario “N ihil
Obstat” de sus superiores, donde se dice: “Hoy es razonable pensar que la preparación somática de los Homínidos se efectuó durante un largo período que, ciertamente anterior al Oligoceno, se ha extendido quizá por todo el Terciario…”), es lógico que la Iglesia se mantenga todavía prudente y reservada al respecto. Hemos de tener en cuenta que sobre el hecho de que la Evolución tenemos una evidencia sólo pragmática y no apodíctica. No podemos demostrarla, hoy por hoy, en toda su extensión por medio de la experimentación, y difícilmente será posible ello en el futuro. Sin embargo, los hallazgos paleontológicos irán gradualmente hablando su lenguaje persuasivo.
Como colofón a estas sumarias ideas sobre este apasionante problema, digamos para el mundo científico, para aquellos que dedican su actividad al estudio de los problemas de la Naturaleza, que nuestro gran desaparecido el PAPA PÍO XII fue verdaderamente un adelantado y un extraordinario apaciguador de las condiciones pusilánimes a través de sus palabras, tan necesarias e inspiradas, de la Encíclica HUMANI GENERIS, de 1950 (se cumplirán 60 años): “Por eso, el Magisterio de la Iglesia no prohibe que en las investigaciones y discusiones entre los hombres doctos de entreambos campos se trate de la “doctrina” (la palabra doctrina es aquí muy significativa, a nuestro modo de ver) del evolucionismo, la cual busca el origen del cuerpo (corpus) humano en una materia viva preexistente (pues la fe católica nos obliga a sostener que el alma es creada inmediatamente por Dios), según el estado actual de las ciencias humanas y de la sagrada Teología, de modo que las razones de una y de otra opinión, es decir, de los que defienden o impugnan tal doctrina, sean sopesadas y juzgadas con la debida gravedad, moderación y templanza, con tal que todos estén dispuestos a obedecer el dictamen de la Iglesia, a quien Cristo confirió el encargo de interpretar auténticamente las Sagradas Escrituras y defender los dogmas de la Fe”.
Finalmente, quedan aún por considerar algunas de las palabras de su luminosa exposición con motivo de un discurso a los geneticistas en 1953: “Si reflexionasteis en lo que Nos hemos dicho sobre la investigación y conocimiento científico, se debería haber comprendido que ni por parte de la razón, ni por parte del pensamiento orientado en el sentido cristiano, se ponen barreras a la investigación científica, al conocimiento y a la afirmación de la verdad”.
Desde luego, el SANTO PADRE, de quien hoy tanto lloramos la pérdida los científicos católicos, ha querido proclamar, con sus palabras inspiradas, que la CIENCIA y DOGMA no pueden oponerse simplemente, porque la VERDAD es UNA, y tanto la UNA como el otro no hacen sino buscar, propagar y establecer esta VERDAD.
Ahora, a cerca de quince años de distancia, terminaríamos haciéndonos nuestras palabras con que el Conde BEGOUËN terminaba el libro que anteriormente hemos citado: “ES CON VERDADERA SATISFACCIÓN, pero sin sorpresa, que constato que esta obra (se refiere a la obra del reverendo padre DE LAPPARENT, profesor de Geología en el Instituto Católico de París, Nuestros orígenes) admite como ortodoxas las teorías que he sostenido durante toda mi vida y todos esos acontecimientos, confirmando mi fe en la VERDAD, me hacen esperar que estamos tocando el fin de esta dolorosa controversia larga de más de sesenta años”. Octubre de 1958. (Hace cincuenta años).


Editó Gabriel Pautasso
gabrielsppautasso@yahoo.com.ar
DIARIO PAMPERO Cordubensis nº 231.
Instituto Eremita Urbanus

IR a la portada de IEU Blog

No hay comentarios: